Betina apenas en short, zapatillas y un caleidoscopio #Niñezendictadura

Betina, la hija del medio de José Sueñatodo, odiaba sus zapatillas blancas y más aún su short. Pero, ella no era la única poseedora de esas prendas porque su hermana Laura, las hermanas Fernández, Germán, el Negrito Martín, Ariel y Carmen, tenían los mismos shorts y las mismas zapas.

Aquellos shorts habían aparecido en paquetes atados con cordones tras finalizar un asado en la casa de una familia clandestina.  El dueño de casa repartió entre las familias fajos de esas odiosas prendas. Los paquetes eran recibidos como un hermoso tesoro que reforzaba, aún más, la hermandad de las familias reventadas y sumaba a ese climax anestésico  que les había producido aquel asadito entre familias perseguidas.

Los shorts azules empezaron a ser usados al siguiente día por las proles y no fue a causa de algún tipo de acuerdo previo, sino por simple coincidencia. En el fondo esa casualidad, llevaba el sello inconsciente: “Esto es lo que somos”. El short era recto con bragueta cocida y color azul índigo. Feo, bien feo.

Las zapatillas blancas era otro estigma de las proles clandestinas. Las zapas llegaban todos los años. Las traía el Gringo González, amigo de José Sueñatodo.  Para Betina, usar esas zapatillas era lo más parecido a la pequeña tortura que había soportado a sus 3 años, cuando se escondieron en la casa de una señora mayor en Catamarca. Aquella señora chupacirio la obligaba a tomar sopa, tragar toda la sopa, dar gracias al cielo por la sopa, mirar a Dios en la sopa.  Cuando los meses pasaban y el blanco de aquel calzado se tornaba gris amarillento, Betina recurría a sus fibras Faber y pintaba las puntas que cubrían los dedos. Esas puntas se parecían a los flequillos rectos y por eso la convertía en un rostro de niña con flequillo. También le trazaba ojos en los laterales, pero nunca pudo ingeniárselas para ubicar labios en la superficie tan compleja de cordones entrecruzados.

“En la vida todo tiene razón de ser”, repetía Pilarica, la abuela sufragista de Betina. Al parecer estaba en lo cierto porque antes de la llegada del desabrido calzado, a Germán, uno de los hijxs de la manada, se le ocurrió que la mejor forma de no andar en patas y soportar el crecimiento de sus pies dentro de un calzado que “ya te quedan chiquitos”, era hacerle un corte en las puntas y dar vía libre a los dedos. “Dame la tijerita y corto por acá y por acá”, explicaba Germán en medio de una ronda de niñxs que estaban de rodilla en una vereda, mirando las zapas como quien mira a un óbito. ¡Listo, ya está!, lanzó mirando su invento con sus ojos celeste más brillosos que nunca.

Aunque chico fue el agujero que Germán propinó a su calzado, grande fue la paliza que le dieron porque el calzado no podía seguir su vida siendo herencia.

Era así sus días y por simple causalidad, la hijada clandestina andaba uniformada: short azul y zapas blancas. En el fondo era una manada organizada y quizás por eso, porque se sabían unidxs y andaban con vestimenta casi uniformada es que andaban poderosxs y diciendo que:  “los milicos nos tienen miedo”/ “tengo dos hermanitos desaparecidos” / “en mi casa hay una foto del Cheto Givara/ el Cheto Givara estuvo con mi papá y con el tuyo. Ah!, somos como primos, #¿queno?!/ en la madrugada llegaron personas asustadas a casa y me enseñaron a llamarlos: “tíos”/ quiero ser hippy como mi tía y viva Perón, también. (Así, toda la mística junta como solo la niñez la puede conjugar).

La vida de una manada que seguía queriendo la revolución, aún con la picana amenazante en cada centímetro de vida, era eso:  el desorden del insilio, saber que se habían quedado para sostenerse, que la hijada podía saber solo algunas cosas, que los secretos se llevaban a la tumba, que en la noche se podía escuchar las cintas con la voz ronca de un general que había vivido en Madrid y de día lavar los pulóveres manchados de mocos y mermelada de lxs hijxs.

El Gringo González, era el compañero incondicional de José Sueñatodo y era el gran proveedor de las odiadas zapatillas.  González, era santafesino, buena gente, tenía una familia numerosa, una fábrica de hielo y Betina lo quería mucho. Casi todos los mediodías la casa de la familia Sueñatodo, era un lugar para charlar, soñar y mandarse al carajo.  Así, uno de esos mediodías el Gringo González llegó saltando cual Bambi en el bosque. Es que se le había ocurrido la más revolucionaria idea que ayudaría a llenar nuestras panzas y mejor aún: “ojalá pueda librarnos de los shorts azules y las zapatillas blancas”, imploró Betina.

La idea tenía el nombre de VICHI y consistía en introducir tres rectángulos de espejo dentro de un tubo de PVC, hacer doble fondo con vidrio transparente y colocar pedazos mínimos de vidrios de color. El armado de todo este sistema lo haría él; la materia prima lo suministraba Sueñatodo que tenía vidriería. El gran invento era algo ya inventado: un caleidoscopio.

La llegada de los VICHI a la vida de Betina y la de sus hermanas no fue la salvación porque pronto solo lo utilizaría como escusas poderosas para las riñas entre ellas. Demás está decir que el invento no resultó. Es que con los milicos se salvaba quien podían, mejor se vivía sin soñar y a nadie se le podía ocurrir andar invitando a observar cositas bellas.  Muy a pesar de lo infructuoso que resultaron los caleidoscopios, Betina atesoró uno porque había visto como los pedazos de una materia rota se volvían a armar y formar tan preciosas formas. Y, en su manada estaba permitido soñar (y mucho) ella imaginó que sus familias reventadas serían, algún día, millones en una plaza, que se unirían con otras familias con muchas Abuelas. Madres y que al igual que esos pedacitos de vidrios de cada caleidoscopios con el tiempo se juntarían para dar forma a la Memoria.

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