Myself

Recuerdo cuando Amada Mía se marchó de nuestra guarida en Queens. Se fue enojada, como cada vez que discutíamos. Estaba tan irritada como aquel día de la asamblea estudiantil en la universidad cuando su yugular se tiñó de furor.

La mañana de su partida llevaba un vestido rojo y borceguís demasiado toscos para su contextura física tan frágil, era un desparpajo como su peinado. Estaba igual que cuando la conocí en mi clase de la miseria hecha literatura en Bokowski. La abracé con recelo porque la noche anterior me dijo que no era su hombre, que no tenía hombre, que no era mía (¡y yo que había sentido que ella me pertenecía!). Pero la abracé igual (aunque creo no se lo merecía).  Luego miré cómo  su silueta se perdía en el ruido de Hollywood Ave. de nuestro amado neighborhood.

Aquella fue la última vez que la vería y no lo sabía. El orgullo herido me hizo olvidar  llamarle “un ielou” como ella llamaba a los taxis yanquies. Tontamente imaginé que volvería a mi puerta, que me pediría perdón en silencio, que nos abrazaríamos y que luego compraríamos los tacos que tanto nos gustaba.

Subí a la covacha que rentábamos y encontré una nota escrita sobre una servilleta aún humedecida con la cerveza de la noche anterior, la había dejado colocada sobre una de las cajas que guardaba las crayolas que compartíamos: “À nous la liberté”, leí.  Recordé que había amado aquella película pero también tuve una epifanía para entender lo que siempre me dijo. Y yo no la supe escuchar porque pensé que seríamos uno y solo uno.

Luego, miré una pantalla que tardó en poblarse de palabras y cuando pude expresarme  esperé diez años para poder enviarlas hacia ella.

Amada Mía,

 Sigo pensándote como la pecosa y despeinada que amaba y se reía de la Bauhaus y que andabas buscando historias y que ninguna te parecía singular, porque nada era suficiente para vos, Amada Mía. Odiabas el consumo, pero te seducía caminar por Manhattan con tu gorra de lana, aquel abrigo azul y tu mochila llena de cosas inexplicables. Todo eso te hacía ver más pequeña, pero no sé si te importaba tu apariencia.  A veces, solo quería pasarte mis brazos por tus hombros, vos me lo sacabas bruscamente. Recuerdo aquel día en Brooklyn que me reprochaste por mis brazos y dijiste eran muy pesados para que te abracen, que te hacía sentir muy minúscula. Ahora a lo lejos, me pregunto: ¡¿por qué no me di cuenta que ya me rechazabas, que ya no querías se uno y solo uno?!

Te pienso, aún, cerrando los ojos en aquel Malecón y en las siestas de tu calle mirando niños escolares seguidos por perros, “tan felices eran ellos”, me narrabas con cierta envidia. Eso era tu Macondo. Y vos siempre pensando la próxima jugada, sin saber que se juega a cada instante y siempre apostando a tener el futuro amarrado.

Entiendo que tu lugar en el mundo es la libertad y que seguirás sin preocupación con tu spanglish, que en tus insomnios son matizados con crayolas y acuarelas, pero sin mí. Y yo que pensé que seríamos uno y solo uno.

Amada Mía seré por siempre tuyo y solo tuyo.

 

Amada Mía wrote:

Hola, James,

¿Por qué no me llamás por mi nombre?. No soy Amada Mía tampoco proyecté “uno y solo uno”. Siempre fui “myself”

Hasta siempre,

 

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